Caminando sin rumbo fijo; la mirada perdida en un horizonte cada vez más lejano
Peregrinando por una tierra cada vez más desconocida, volví mis pasos hacia mi origen; llegué a Balma, recorrí la avenida de las Encartaciones, subí por el Puente Viejo, andaba con soltura y alegría sabía donde me llevaban mis pies.
El Paseo, ese paseo cuya primera piedra puso mi bisabuelo; la FEVE, el frontón nuevo y, por fin, Tenerías arriba, llegué al cementerio.
Visité la tumba familiar, por respeto a sus restos, ya se que no están allí, y, Tú, mi dulce Señor, tirabas de mi hasta tu capilla. Esa capilla que con tanto amor cuidó mi bisabuela mientras pudo. Allí estás, dulce Tú Rostro, Tus ojos casi cerrados, miran dentro de mi y, me arrodillo, necesito tu perdón; perdón por las veces que soy cobarde y, te pido que lleves mi cruz un rato; ¡lo que te faltaba!, como si no tuvieras suficientes cruces tal y como está el mundo. Y, Tú, me miras, dulce, silencioso y, lleno de amor me abrazas, me meces en tu regazo y, me das fuerzas.
¿Cuántas veces hago este imaginario camino? sólo Tú lo sabes, mi dulce y amado Jesús. No permitas que me separe de ti jamás, amén.
Te quiero con toda el alma. No permitas que caiga en la tentación, ni en la desesperanza. Aumenta cada día mi fe.


