Las lágrimas de la soledad, son como como el "sirimiri" de mi tierra; cómo una lluvia mansa, van aflorando poco a poco; empiezan con una sensación de ahogo infinito en la garganta, sigue una opresión en el alma y, por fin, llegan al lacrimal y van cayendo lentamente por las mejillas.
No las quito porque no me doy cuenta de que están rodando mejilla abajo, hasta que llegan a la barbilla. Me llevo las manos a la cara y, está empapada, no sólo de lágrimas, son lágrimas que duelen. El dolor de la soledad. Si, estoy sola, pienso y, el sirimiri se convierte en chaparrón veraniego y, es entonces cuando me acuerdo de Él, de su Cruz, de su inmenso sacrificio. En ese momento mis lágrimas se vuelven sirimiri, de nuevo, esta vez, de vergüenza porque Él, siempre baja desde su Cruz a mi soledad a ayudarme cuan Simón de Cirene y, me avergüenzo, porque soy yo quien ha de ayudarle con la cruz y, no quién le clava una nueva espina.

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